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por Amparo Tolosa
Conocida como el Guardián del Genoma, la proteína p53 se encarga de mantener la integridad del material hereditario en la célula. p53 actúa como regulador de la expresión de genes relacionados con la reparación del ADN, el ciclo celular o incluso la muerte de la célula, cuando se producen daños graves en el ADN. p53 constituye una de las proteínas supresoras de tumores más conocidas y estudiadas,y diferentes trabajos han demostrado que su función está alterada en más de la mitad de los cánceres.
Un equipo de investigadores del Instituto Wistar acaba de conectar p53 con la función de otros importantes elementos protectores del genoma, los telómeros, revelando que p53 es capaz de suprimir el daño acumulado en estas estructuras terminales de los cromosomas.
Para llevar a cabo su función, p53 puede unirse a diferentes posiciones en el genoma, relacionadas o no con la expresión génica, pero hasta el momento no se había establecido una relación con los telómeros. Los investigadores identificaron sitios de unión de p53 en las regiones subteloméricas, los elementos cromosómicos que separan los telómeros del resto del cromosoma. La unión de p53 a estas posiciones tenía la capacidad de provocar cambios en la cromatina asociados a la estabilidad del genoma: modificaciones en las proteínas histonas, supresión de lugares de daño en ADN y expresión de TERRA (telomere repeat-containing ARN), el ARN no codificante que forma parte del telómero y contribuye a su naturaleza facilitando la metilación de una de las histonas que interviene en su compactación.
Cuando p53 no está presente en las células, el ADN telomérico se muestra sensible a la acción de agentes que dañan el ADN. Los investigadores proponen que interacción de p53 con las regiones subteloméricas protegen directamente al telómero, a través de la alteración de la cromatina, facilitando el acceso a la maquinaria de reparación del ADN y activando elementos reguladores de la transcripción.
“Pensamos que p53 podía ser responsable de un efecto protector más directo en los telómeros,“ manifiesta Lieberman, director del Centro de Biología Química y Medicina Traslacional e investigador principal del trabajo. “Teniendo en cuenta nuestros resultados, proponemos que las modificaciones de la cromatina llevadas a cabo por p53 aumentan la reparación local del ADN o su protección. Esto sería otra función supresora de tumores más de p53, lo que proporciona un marco de trabajo adicional de cómo de importante es este gen en protegernos del cáncer.” © Genética Médica News
Referencia: Tutton S, et al. Subtelomeric p53 binding prevents accumulation of DNA damage at human telomeres. EMBO J. 2015 Dec 12. Doi: 10.15252/embj.201490880
Ambas especies viven entre la hojarasca de los bosques del macizo del Tsaratanana, en el que se encuentra la montaña más alta de Madagascar
Por Javier Flores
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| Foto: Miguel Vences |
Madagascar es una auténtico paraíso natural con una biodiversidad difícil de encontrar en otras zonas del planeta. Allí, cada año, se descubren cientos de nuevas especies entre insectos, anfibios, plantas, etéctera. Ahora un equipo de investigadores alemanes y españoles acaba de hallar dos nuevas especies de ranas desconocidas: Rombophryne ornata y Rombophryne tany. Eso sí, en una zona realmente inhóspita.
“Esas montañas albergan un elevado grado de endemismos, y han sido visitadas en muy contadas ocasiones por investigadores dado que no hay carreteras y apenas caminos para llegar a la base”, explica a Sinc David Vieites, uno de los autores de la investigación y científico en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid (MNCN-CSIC).
Rombophryne ornata, que adopta el nombre por la referencia a su color y por parecer decorada, se distingue de las demás ranas de su mismo género al presentar una coloración rojiza. Entre cada ojo presenta una marca negra, y otra sobre el dorso. Además, posee espinas sobre las cuencas de los ojos.
Por su lado, en el caso de Rombophryne tany, los científicos realizaron un análisis molecular más exhaustivo al no tener caracteres que la distinguieran de otras especies del mismo género. De hecho, su nombre tany, que quiere decir en el idioma local, ‘tierra’ o ‘suelo’, no hace referencia únicamente a su color más amarronado sino también a sus hábitos terrestres. También cuenta con espinas sobre cada ojo.
El hallazgo de estas nuevas especies es un ejemplo más de que existen miles de animales que todavía están por descubrir en terrenos alejados de la civilización. Y que el incremento de la presión humana sobre los ecosistemas puede terminar con muchas de ellas incluso antes de que el hombre llegue a descubrirlas. Afortunadamente para estas dos especies, la zona en la que han sido halladas es un parque nacional de muy difícil acceso. “Esperemos que la zona siga prístina por mucho tiempo” apunta el investigador David Vieites.
(nationalgeographic.com.es)
La molécula, llamada PTEN, también se encarga de proteger a las células del organismo contra el cáncer
Por Cristina Sáez
Que podamos recordar y aprender nuevas cosas es gracias a las conexiones que se establecen entre las neuronas en nuestro cerebro, las sinapsis. Lejos de ser estables, cambian, se refuerzan o se debilitan a lo largo de la vida en función de nuestras experiencias. Cuando esa comunicación entre neuronas se perturba, comienzan los problemas de memoria, como sucede en el Alzheimer, la enfermedad neurodegenerativa más prevalente en el mundo.
Un equipo formado por científicos de distintos centros de investigación españoles ha descubierto que una proteína llamada PTEN desempeña un papel clave en las sinapsis: es capaz de debilitarlas y, por tanto, de impedir que funcionen correctamente, lo que acaba provocando que seamos incapaces de recordar o de adquirir nueva información. Y eso es, justamente, lo que ocurre en el Alzheimer.
“Esa proteína habitualmente se encarga de proteger a las células del cuerpo contra el cáncer, es un supresor tumoral”, explica a Big Vang la coautora del estudio, Shira Knafo, que es investigadora de la Fundación Vasca para la Ciencia Ikerbasque, de la Unidad de Biofísica perteneciente al CSIC y a la Universidad del País Vasco. “Pero cumple más funciones importantes en el organismo, y ahora hemos visto que es clave también en la enfermedad de Alzheimer”, añade.
La investigación arrancó en 2010, cuando Knafo trabajaba junto a Jose Antonio Esteban, coautor del trabajo, en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CSIC- Universidad de Madrid); entonces ambos descubrieron que esta molécula estaba presente en las sinapsis y era esencial para la plasticidad neuronal. Ahora en este nuevo trabajo, cuyos resultados se publican en la revista Nature Neuroscience, dan un paso más al demostrar cómo la proteína consigue entrar en las sinapsis y debilitarlas.
Los autores también observaron que para que PTEN pudiera ejercer un efecto negativo necesitaba interaccionar con otras proteínas presentes en esas conexiones neuronales. Así es que se les ocurrió desarrollar una herramienta molecular para intentar inactivar a PTEN. ”Desarrollamos un péptido, como una proteína pequeña, que bloquea la interacción entre PTEN y el resto de proteínas”, explica Knafo.
En un experimento, los investigadores inyectaron este péptido durante tres semanas en el cerebro de ratones transgénicos que funcionan como modelos animales para la enfermedad de Alzheimer, y vieron que los animales mantenían la memoria perfecta. “Comprobamos que conseguíamos proteger al cerebro frente a la pérdida de recuerdos”, señala esta investigadora.
Aunque por el momento están en una fase inicial del trabajo y se trata de un estudio de ciencia básica realizado con animales, este tipo de investigaciones son muy relevantes porque contribuyen a arrojar luz sobre los mecanismos que controlan las funciones cognitivas. Y son además la base para poder luego desarrollar nuevas estrategias terapéuticas. Sin ciencia básica, no hay ciencia aplicada. © La Vanguardia 2016
Un renacuajo de una rana llamada Frankixalus jerdonii. EFE
por Víctor M. Olazábal | Nueva Delhi
Un grupo de científicos liderados por el biólogo indio Sathyabhama Das Biju ha encontrado una especie de rana arbórea que fue descubierta por primera y única vez en 1870, por lo que se creía extinta. El hallazgo ha tenido lugar en Meghalaya, un estado al noreste de India.
"Este es un descubrimiento emocionante, pero eso no significa que las ranas estén seguras", afirmó a AP el científico de la Universidad de Delhi, cuyo equipo encontró las ranas por accidente mientras buscaba otros anfibios en una investigación que empezó en 2007 en cuatro estados del noreste del país. Una noche, recuerda Biju, "escuchamos una orquesta musical viniendo de las copas de los árboles. Fue mágico. Por supuesto, teníamos que investigarlo".
Allí se encontraban las ranas, en pequeños charcos formados en los huecos de los árboles, a más de 6 metros de altura. Los científicos estudiaron su comportamiento, su aspecto exterior y su esqueleto. El grupo de biólogos sostiene que las hembras alimentan a sus crías con huevos no fecundados, una conducta inusual ya que los renacuajos suelen nutrirse de la vegetación.
Cuando los científicos secuenciaron su código genético confirmaron que se trataba de un género nuevo. "Demostramos que estas ranas forman un linaje evolutivo distinto que merece ser reconocido como un género nuevo", dice el estudio de Biju y su equipo, publicado esta semana en la revista PloS One. Llamaron a este género Frankixalus, dentro de la familia Rhacophoridae, habitual de Asia y África.
La ciencia daba por extinto este tipo de ranas descubierto en 1870 por el naturalista británico Thomas Jerdon en la región de Darjeeling, también en el noreste de India. Dos ejemplares del que entonces fue llamado Polypedates jerdonii son exhibidos en el Museo de Historia Natural de Londres.
La investigación presentada ahora concluye que este tipo de ranas no sólo se encuentran en los bosques indios sino que podrían estar viviendo en un área más amplio, incluyendo zonas de China, ya que su ADN coincide con el de unas muestras registradas recientemente en ese país.
¿Por qué no se han visto en todo este tiempo?
Pero ¿por qué no se han visto en todo este tiempo? El zoólogo indio cree que se debe al estilo de vida de estos anfibios que habitan escondidos en altos árboles, no en arbustos a ras de suelo. Otros expertos señalan que probablemente se deba a que pocos científicos investigan esa región tan remota. "No me sorprendería en absoluto si se descubriesen nuevas especies", dijo James Hanken, director del Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard, citado por National Geographic.
Biju, un científico reconocido en India que lleva más de 25 años dedicado al estudio de los anfibios, es apodado el "Hombre Rana" por haber descubierto un centenar de las 350 especies reconocidas en este país. Entre ellas, la extraña rana púrpura en 2003.
El hallazgo de Frankixalus se ha convertido también en una denuncia de la situación medioambiental de una región castigada por la acción humana. "Esta rana se enfrenta a un estrés extremo en esas áreas y podría ser empujada a la extinción simplemente por la pérdida del hábitat", afirmó Biju, quien alertó de que algunas zonas en las que hallaron los animales durante la investigación ya han sido taladas para la agricultura. A la extensión de los campos de arroz se une la ampliación de los asentamientos urbanos, la construcción de carreteras y la contaminación de la creciente industria. "Tenemos suerte de haberlas encontrado antes de que eso suceda, pero todos estamos preocupados", añadió.
Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, el 32% de las 7.000 especies de anfibios que pueblan el mundo está en peligro de extinción, una suerte que ya corrieron la Rana de Australia (Rheobatrachus silus), el Sapo Dorado (Incilius periglenes) o el Sapo Jambato (Atelopus ignescens).
En los últimos años diversos proyectos para la recuperación de anfibios que se creían extintos han dado sus frutos alrededor del mundo, con redescubrimientos en Centroamérica o África. Uno de los últimos tuvo lugar hace pocos meses cuando en Ecuador apareció el Sapo Azuay (Atelopus bomolochos). © El Mundo.es
Nuestro metabolismo ya existía hace 3.000 millones de años, antes que nuestros genes
Javier Sampedro
Los estudiosos del origen de la vida se enfrentan a una paradoja circular (como la del huevo y la gallina) que, probablemente, puede considerarse el más profundo misterio de la biología evolutiva. Toda la vida que conocemos tiene un fundamento doble: la auto-replicación, o capacidad de un organismo para sacar copias de sí mismo, y el metabolismo, la cocina de la célula que fabrica continuamente sus componentes básicos. Hoy están vinculados de forma inextricable, pero ¿cuál surgió primero en la noche de los tiempos? ¿Y de qué servía el uno sin el otro?
Una investigación bioquímica que imita las condiciones de los sedimentos del eón Arcaico (en los albores de la vida en la Tierra, hace de 4.000 a 2.500 millones de años atrás) muestra que dos rutas metabólicas (cadenas de reacciones químicas, o la cocina de la célula) ya funcionaban entonces igual que ahora, dentro de cada una de nuestras células. Tanto en la era Arcaica como hoy mismo, esas rutas responden al entorno, encendiéndose o apagándose en respuesta a la acidez y a los niveles de hierro. Es un fuerte indicio de que el metabolismo es anterior a las enzimas (proteínas con actividad catalítica) que lo ejecutan hoy. Y también, proponen los autores, a los genes que contienen la información para fabricar esas enzimas.
Una de las implicaciones más extraordinarias del trabajo de Markus Keller y Markus Ralser, del Centro de Biología de Sistemas de la Universidad de Cambridge, y sus colegas, que se presenta en Science Advances, es que llevamos dentro de cada una de nuestras células un testigo de la Tierra primitiva, como un trozo del pasado remoto: un sistema complejo y autoconsistente que, posiblemente, empezó a funcionar antes de la invención de la primera bacteria del planeta. Más aún: una invención que fundamentó la evolución de la primera bacteria. Un invento tan brillante que 3.000 millones de años de evolución no han podido superar. Da vértigo. Casi da hasta asco.
La máquina del tiempo de Keller y Ralser se basa, de manera paradójica, en la tecnología biológica más avanzada, la metabolómica. Si la genómica es el estudio simultáneo de todos los genes, y la proteómica el de todas las proteínas. La metabolómica lo es de todos los metabolitos, las moléculas simples (como la glucosa, la ribosa o el oxalato) que le sirven a toda célula para cocinar todo el resto de sus componentes, como los carbohidratos, las grasas, las proteínas y los genes.
Los científicos de Cambridge se han centrado en dos de las rutas esenciales de ese metabolismo central que ocupa el centro de la cocina celular de todas las especias vivas. Se trata de la glucolisis y el ciclo de las pentosas fosfato, dos cadenas de reacciones enzimáticas que han torturado a los estudiantes de biología durante el último siglo. Convierten los azúcares como la glucosa (la comida) en energía (la gasolina), y también aportan la materia prima para construir muchos otros componentes celulares.
La vida no podría haber surgido en el universo joven, poco después del Big Bang. Porque del Big Bang solo salieron los elementos más simples, el hidrógeno y el helio, y los sistemas biológicos necesitan átomos más pesados, como el carbono y el nitrógeno, y algunos mucho más pesados, como los metales que catalizan las reacciones esenciales. Entre estos últimos, el más importante durante el eón Arcaico en que evolucionó la vida primitiva era el hierro (concretamente el hierro ferroso, por oposición al hierro férrico, más conocido como óxido en el lenguaje común).
Y es a este hierro (ferroso) al que responden los ciclos metabólicos de los investigadores de Cambridge. El hierro cumplía en aquella noche de los tiempos la función que hoy tienen las enzimas metabólicas, las nanomáquinas de gran complejidad que catalizan hoy esas mismas reacciones. Pero que, como atavismo del pasado remoto, siguen conservando en sus centros activos, o núcleos lógicos, el mismo metal, y en el mismo estado de oxidación (ferroso) que entonces.
Hoy hace falta un gen para fabricar un catalizador (una enzima). Entonces solo hacía falta comerse el hierro del océano circundante. Sí, puede que la vida fuera más fácil en el pasado. Pero también era menos interesante.
Más aún, nuestros procesos metabólicos centrales, los que operan en nuestras neuronas para alimentarlas de energía y materiales de construcción, siguen revelando cierta capacidad de auto-sostenimiento que no depende de las enzimas codificadas por los genes, sino del mero hierro (ferroso) que las antecedió en ese papel.
No hemos cambiado tanto en los últimos 3.000 millones de años. Al menos no tanto como en los últimos 10.
(elpais.com)
La mosca más grande del mundo enfrenta nueva competencia: dos especies que estaban empolvándose en viejos gabinetes de museos.
Por James Owen
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| Foto: Andre Alves |
Con envergaduras del ancho de una mano y cuerpos del largo de un dedo, los insectos recién descritos son tan asombrosos como Gauromydas heros, el pariente que tiene el récord mundial.
Unos científicos identificaron a G. mateus y G. papaveroi entre 14 especímenes olvidados en colecciones de Brasil, Francia y Costa Rica que datan de la década de 1930.
Según la líder el estudio, Julia Calhau, del Museo de Zoología de la Universidad de São Paulo, Brasil, dichos especímenes son los únicos ejemplares conocidos de las dos especies nuevas.
Con cuerpos de hasta 4.3 centímetros y envergaduras de hasta 9 centímetros, ninguna de las especies de la pequeña muestra compite contra los ejemplos más grandes de G. heros.
No obstante, Calhau considera que la competencia no ha terminado, pues podrían encontrar más moscas en museos o en sus hábitats naturales de Centro y Sudamérica.
“La variedad de tamaños de G. heros es muy amplia –de 32 a 70 milímetros- y la longitud de las dos especies nuevas también podría variar drásticamente”, comenta Calhau, cuyo estudio fue publicado el 26 de noviembre en la revista Zootaxa.
Gigantes esquivos
Aunque las etiquetas de los especímenes museográficos informaban que fueron capturados en localidades de Argentina, Brasil y Costa Rica, será muy difícil rastrear a sus descendientes vivos.
Calhau señala que nada se sabe de la vida de G. mateus y G. papaveroi, y enfatiza que hasta las moscas Gauromydas que se conocen son increíblemente esquivas.
Torsten Dikow, entomólogo investigador del Museo Nacional de Historia Natural del Instituto Smithsoniano, en Washington, D.C., es experto en moscas avispa (Mydidae), familia a la que pertenecen estos colosos.
A pesar de ello, nunca ha puesto los ojos en una mosca Gauromydas viva. “Sabemos muy poco de su biología, porque rara vez pueden observarse”, dice Dikow, quien no fue parte del equipo de estudio.
Una explicación es que “las moscas son, simplemente, raras” y las adultas “están activas durante un periodo corto del año”, agrega.
Además, los adultos alados imitan el aspecto y la conducta de vuelo, elevado y rápido, de unas avispas grandes del género Pepsis, conocidas como avispas caza tarántulas.
De esa manera, las moscas ahuyentan a sus depredadores; y de paso, también ahuyentan a los entomólogos.
Si bien las moscas Gauromydas son inofensivas, “seguro no querrás que te pique una de esas avispas”, dice Dikow.
Pistas en hormigueros
Mucho de lo que sabemos de las moscas gigantes lo debemos a un investigador que se las ingenió para localizar sitios de reproducción de G. heros en el sureste de Brasil, en la década de 1940.
Los científicos observaron a los insectos apareándose cerca de nidos de hormigas cortadoras de hojas, donde depositaban sus huevos. Las gordas larvas se alimentaban con larvas de escarabajo que buscan comida en cámaras de desechos de hormigas.
En cuanto a los adultos, “creo que son comedores de néctar, pues han desarrollado estructuras bucales y se les ha visto visitando flores”, señaló Calhau.
Lo mismo podría decirse de las especies recién descubiertas, añade, pues las etiquetas de identificación revelan que algunas de las moscas monstruo fueron capturadas usando néctar de agave como cebo.
El tiempo dirá si G. mateus y G. papaveroi se quedarán con el título de la mosca más grande, aunque es poco probable que compitan por el título de peso pesado del reino de las moscas.
Las moscas de la familia Pantophthalmidae, a veces llamadas moscas barrenadoras de la madera, “son más cortas, pero podrían ser más pesadas porque son más robustas”, dice Dikow.
Con todo, también es muy difícil encontrarlas. Así que no te preocupes, no vas a necesitar un matamoscas más grande.
(ngenespanol.com)
Lo realizaron mediante técnicas genéticas; en 2014, unas 580.000 personas murieron por malaria en todo el mundo
WASHINGTON.— Científicos dispuestos a acabar con la picadura que provoca la malaria han producido una cepa de mosquitos que portan genes que bloquean su transmisión, con la idea de que puedan reproducirse con otros miembros de su especie y que su descendencia no propague la enfermedad.
El avance fue publicado hoy en dos estudios en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Los investigadores explicaron que utilizaron la edición de genes, una técnica de ingeniería genética en la que el ADN puede ser insertado, reemplazado o borrado de un genoma en especies pertenecientes a las llamadas Anopheles stephensi, que propagan la malaria en zonas urbanas de la India. El gen antiparasitario actúa sobre dos proteínas clave producidas durante la fase infecciosa del parásito de la malaria Plasmodium falciparum.
Los científicos insertaron el ADN en la línea germinal -células que pasan a través de los genes de generación en generación- de las especies, creando mosquitos que portan genes que previenen la transmisión de la malaria produciendo anticuerpos bloqueadores de la enfermedad que se transmiten a un 99,5 por ciento de las crías.
La malaria se contagia a través de la picadura de mosquitos hembra infectados en seres humanos.
El objetivo del proyecto es liberar mosquitos genéticamente modificados para que puedan aparearse con mosquitos salvajes y que sus genes bloqueadores de la malaria entren en su reserva genética y finalmente desborden a la población, impidiendo la posibilidad de que estas especies puedan infectar a personas.
Objetivo en 10 generaciones
"Se puede propagar a través de la especie con una gran eficiencia, incrementándose desde un 1 por ciento hasta un 99 por ciento en 10 generaciones", indicó Valentino Gantz, biólogo de la Universidad de California-San Diego.
El también biólogo de la Universidad de California-San Diego, Ethan Bier, ha calificado el proyecto como "una potente herramienta para el control sostenible de la malaria", al ser posible que los mosquitos de toda una región puedan portar genes antimalaria.
"No estamos diciendo que esta estrategia pueda erradicar la malaria por sí sola", añadió Anthony James, biólogo molecular de la Universidad de California-Irvine.
Pero junto a medicamentos para el tratamiento y la prevención, las futuras vacunas, el uso de mosquiteros y la erradicación de lugares de reproducción, podría tener un papel importante en la eliminación de la malaria, declaró James.
La Organización Mundial de la Salud estima que habrá 214 millones de casos de malaria en todo el mundo en 2015 y 438.000 muertes, la mayoría de ellas en África Subsahariana. Solo en 2014, alrededor de 580.000 personas murieron a causa de la malaria en todo el mundo.
Agencias Reuters y EFE
El tojo o retamo espinoso es un arbusto europeo que ha proliferado en otras partes del mundo, como en este paisaje neozelandés. / PIETER PELSER
"El hecho de que tanto América del Norte como Europa tengan tantas especies naturalizadas tiene mucho que ver con que ambos continentes son los mayores actores del comercio global. El movimiento de personas y cosas probablemente haya aumentado la introducción intencionada o accidental de especies desde una parte del mundo a otra", dice el biólogo de la Universidad de Constanza (Alemania) y principal autor del estudio, Mark van Kleunen. Pero enseguida añade un dato que complica el mapa: "Estos continentes han importado muchas especies, pero también han exportado otras muchas de sus propias especies".
En efecto, su mapa mundial de plantas alóctonas muestra que Europa es el mayor donante de especies, seguida de cerca por la Asia templada (China, Japón...). En tercer lugar vuelve a aparecer América del Norte. Charles Darwin, no sin un punto de etnocentrismo de científico del Imperio británico del siglo XIX, sostenía que las especies del hemisferio norte habían tenido una historia evolutiva mas dura y competitiva, haciéndolas más fuertes y capaces de adaptarse a otros medios. Eso explicaría, según él, su éxito invasor frente a las plantas del sur. En realidad, este estudio muestra que el principal destino de la flora norteña no es el hemisferio sur, sino las áreas del norte. El naturalista inglés olvidaba también el peso del colonialismo europeo, en este caso, colonialismo vegetal.
"Creo que los trópicos son, en términos relativos, pequeños importadores y exportadores porque las regiones templadas del hemisferio norte son grandes importadores y exportadores. Como decía antes, estas últimas han sido los mayores actores de comercio mundial y, como no, los europeos colonizaron muchas partes del mundo, llevando consigo muchas de las plantas que les eran familiares", explica van Kleunen.
Los descubrimientos continuan burbujeando desde el Mar Caribe a medida que Carole Baldwin y Ross Robertson del proyecto Deep Reef Observation nombran su cuarto nuevo pez tropical, el gobio de arena amarillo con manchas, el Coryphopterus curasub.
El pez debe su nombre, publicado en la revista ZooKeys, al Curasub de la Subestación Curazao, un sumergible que sirve a turistas, aventureros e investigadores. Desde su primera expedición en el 2011, los científicos marinos de Smithsonian, en Panamá, han colectado más de 100 peces, alrededor de un tercio de los cuales son nuevos para la ciencia. Sus resultados ponen de relieve lo poco que se sabe acerca de la increíble diversidad biológica de los arrecifes profundos del Caribe.
"A cada nuevo lugar al que vamos por la costa de Curazao nos encontramos con algo que no hemos visto y colectado antes", comentó Robertson, científico del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales.
El nuevo pez, encontrado entre los 70 y 80 metros (alrededor de 230 a 260 pies debajo de la superficie), es la adición a género que habita en lo más profundo, que ahora incluye 12 especies en el Atlántico Occidental y uno en el Pacífico Oriental. El descubrimiento de un gobio a esta profundidad plantea interrogantes sobre cómo se diferencia de sus hermanos de menor profundidad. Además de las diferencias en su ADN mitocondrial, su patrón de manchas y algunas de las características físicas de sus aletas también distinguen al C. curasub de otros gobios.
Robertson y Baldwin, científica en el Museo Nacional de Historia Natural de los EE.UU, han hecho decenas de excursiones a los arrecifes de Curazao, alcanzando profundidades de 320 metros (alrededor de 1,000 pies). Su trabajo pionero establece una línea de base para la biodiversidad de los arrecifes profundos del Caribe, lo que ayudará a los científicos a determinar cómo estos ecosistemas están siendo afectados por la actividad humana y el cambio global.
"Los nuevos avances en la tecnología de buceo, incluyendo submarinos que van a profundidades mucho mayores, proporcionan un acceso que rara vez teníamos", comentó Robertson, cuyo cuerpo de trabajo incluye guías exhaustivas sobre peces de arrecifes de poca profundidad del Caribe y del Pacífico Tropical Oriental. "Lo que hemos estado encontrando muestra el valor de trabajar durante años en un solo lugar. Esperamos ver cosas similares si vamos a otro lugar en el Caribe". (Fuente: STRI/DICYT)
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