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Estados Unidos autoriza la exploración privada de la minería del cinturón situado entre las órbitas de Marte y Júpiter. Un solo asteroide de 500 metros podría contener el equivalente a todo el platino conseguido en las minas de la Tierra durante toda la Historia

José Manuel Nieves | Madrid



La explotación minera de asteroides ya no es ciencia ficción, sino una realidad que se concreta por momentos y que está desatando ya toda una «fiebre del oro» espacial entre países y empresas de todo el mundo. La idea, en principio, es sencilla. En el cinturón de asteroides, entre las órbitas de Marte y Júpiter, millones de rocas de todos los tamaños (desde los 1.000 km. de diámetro hasta unos pocos metros) forman un anillo alrededor del Sol. Son restos de los lejanos tiempos de la formación del Sistema Solar y constituyen, en conjunto, una reserva prácticamente inagotable de minerales y elementos que en nuestro planeta escasean o empiezan a estar sobreexplotados. 

El oro, el platino, el hierro o el agua son solo unos pocos ejemplos. Muchas de esas rocas, además, abandonan el cinturón debido a las colisiones que se producen entre ellas, y sus trayectorias las hacen viajar a toda velocidad a través de nuestro sistema planetario. Y un buen número de ellas terminan dirigiéndose, o aproximándose, a la Tierra. Estos serían, en principio, los asteroides más fáciles de alcanzar.

Se descubren 100 asteroides cada año

Su denominación genérica es NEAs (Near Earth Asteroids o Asteroides Cercanos a la Tierra), y son asteroides que, en algún momento de sus órbitas, pasan a menos de de 0,3 Unidades Astronómicas de nosotros, o lo que es lo mismo, a menos de unos 40 millones de km. Su número no deja de crecer a medida que los astrónomos disponen de mejores instrumentos para detectarlos. Hasta junio de 2015 se se conocían 12.745 NEAs con tamaños de entre un metro y 32 km. Se cree que no más de 981 asteroides mayores de un kilómetro pasan alguna vez cerca de la Tierra, y de ellos ya conocemos más del 90%. Pero las mismas estimaciones indican que podrían estar zumbando a nuestro alrededor más de un millón de asteroides con tamaños inferiores a los 50 metros, cifra de la que apenas si conocemos un 1% Los nuevos descubrimientos se producen a razón de 100 asteroides cercanos cada año, pero lo cierto es que la inmensa mayoría de estas pequeñas rocas espaciales permanecen aún en el anonimato.

Por eso, en abril de 2013 la NASA, haciendo suya una idea lanzada en 2012 por el Instituto Keck de Estudios Espaciales, entidad adscrita al Instituto de Tecnología de California (Caltech) anunció su intención de desarrollar la tecnología necesaria para potenciar la minería espacial, y puso en marcha una misión de prueba que consistirá, nada menos, que en capturar un asteroide y traerlo después hasta la órbita lunar para, una vez allí, enviar astronautas para que aterricen en él. Un paso fundamental para el futuro desarrollo del que será, sin duda, uno de los negocios más lucrativos de la segunda mitad de este siglo.

El paso siguiente de la Administración norteamericana fue la firma, el pasado 25 de noviembre, por parte del presidente Barack Obama, de la llamada «Ley del espacio», cuyo objetivo es incentivar la exploración privada del espacio y uno de cuyos títulos, precisamente, permite la futura apropiación de asteroides y «otros recursos espaciales» tanto a las personas como a las empresas que dispongan de la tecnología necesaria para llegar hasta ellos. El gobierno norteamericano no se interpondrá en estas actividades y garantiza a quien sea capaz de extraer materiales de un asteroide, el derecho a «poseerlo, transportarlo, usarlo y venderlo», renunciando además a cualquier pretensión de soberanía.

Empresas ávidas de un negocio de muchos ceros

Así las cosas, empresas como Planetary Resources o Deep Space Industries están, en estos momentos, poniendo a punto sus ambiciosos planes de minería espacial. Planes que no solo se centran en la explotación directa de recursos, sino en conseguir jugosos contratos de aprovisionamiento y apoyo logístico (agua, combustible, etc...) para las futuras colonias lunares o marcianas. Solo el aprovisionamiento de agua, que los asteroides poseen en abundancia, podría llegar a ser, según Planetary Resources, un «negocio trillonario».

En cuanto a la obtención de metales, baste con decir que un solo asteroide de 500 metros podría contener el equivalente a todo el platino conseguido en las minas de la Tierra durante toda la Historia. Algunos cálculos llevados a cabo en el sector privado cifran el beneficio potencial de la explotación de un pequeño asteroide de apenas 50 metros en más de 500.000 millones de dólares.

Primera fase: localización

Para garantizar el éxito de esta nueva industria extraterrestre, empresas e instituciones se dedican desde hace unos años a averiguar cuáles son los mejores objetivos. No se trata de llegar o capturar el primer asteroide que pase cerca, sino de seleccionarlo cuidadosamente y saber de antemano qué materiales lo componen. En función de eso, de su composición, se han establecido tres grandes categorías de asteroides:

Tipo C: Son los más numerosos, cerca del 75% de todos los que se conocen. Su composición sería la misma que la del Sol si le quitáramos el Hidrógeno, el Helio y otros volátiles.

Tipo S: Constituyen un 17% de todos los asteroides conocidos. Contienen grandes depósitos de niquel, hierro y magnesio.

Tipo M: Son los más raros, pero contienen, entre otros materiales, grandes cantidades de hierro y niquel.

Los tres tipos de asteroides poseen, además, cantidades variables de otros elementos, como por ejemplo platino o agua. En total, una riqueza inmensa. Un informe de la NASA, por ejemplo, estima que la riqueza mineral del cinturón de asteroides podría superar los 100.000 millones de dólares ¡para cada uno de los siete mil habitantes de la Tierra!. De un solo asteroide de un km. de diámetro y una masa estimada de de 2.000 millones de toneladas se podrían extraer hasta 30 millones de toleladas de niquel, una y media de cobalto y 7.500 toneladas de platino.

Planetary Resources ya está probando en el espacio una serie de satélites de observación, llamados Arkyd, cuya misión es precisamente la de localizar los asteroides más idóneos para su explotación.

Cómo explotar un asteroide

Por supuesto, no basta con localizar los asteroides adecuados. Después es necesario llegar hasta ellos, construir las instalaciones necesarias y llevar a cabo el proceso de extracción de los minerales. Algo que supone inversiones de miles de millones de dólares, pero que en todo caso sería más barato que hacer lo mismo en la Luna o en Marte. La razón: en los asteroides apenas si hay gravedad, lo que hace innecesario el uso de maquinarias excesivamente pesadas. Y aunque aún nadie sabe a ciencia cierta cómo será exactamente una explotación minera en una de estas rocas, muchos están de acuerdo en sus requerimientos generales.

Por ejemplo, la maquinaria tendrá que alimentarse con energía solar, lo que reduciría considerablemente la cantidad de combustible que sería necesario llevar desde la Tierra. Por la misma razón, todo el equipo de trabajo tendrá que ser lo más ligero posible, y en él deberán incluirse, según muchos expertos, robots que puedan colaborar con los humanos en muchas tareas. Se podría así limitar el número de tripulantes humanos y con ello también la necesidad de transportar desde casa los suministros necesarios para todos ellos. Parece claro también que, debido una vez más a la falta de gravedad, cualquier nave o equipamiento que se pose sobre un asteroide deberá estar firmemente anclado a él, so pena de salir flotando y perderse en el espacio. Esa misma ausencia de peso, por otra parte, se volverá una ventaja a la hora de transportar con muy poco esfuerzo grandes bloques de material.

Para Chris Lewicki, presidente de Planetary Resources, «lo que pretendemos es crear una industria basada en el espacio, que será un motor económico que abrirá la frontera espacial para el resto de la Economía».


(abc.es)
Esta es la primera flor del espacio. Lograron hacer florecer unas zinnia color naranja que cultivó el astronauta estadounidense Scott Kelly. Antes habían cosechado lechugas.


Por primera vez florecieron flores en el espacio. Son unas zinnia cultivadas en la Estación Espacial Internacional (ISS), reveló en Twitter el astronauta estadounidense Scott Kelly.

"La primera flor cultivada en el espacio hace su debut", escribió en el twitte @StationCDRKelly, seguido de los hashtag #SpaceFlower #zinnia #YearInSpace.  Kelly también publicó varias fotos de la zinnia color naranja y rodeada de hojas verdes.

Las zinnias crecen fácilmente en la Tierra y florecen abundantemente durante el verano. Pero estas plantas, llevadas a la ISS para hacer experimentos, aparentemente tuvieron dificultades para adaptarse a la microgravedad.

Varias de estas zinnias estaban en mal estado en diciembre después de la aparición de moho en sus hojas debido a la fuerte humedad, según la NASA. Pero al parecer se recuperaron gracias al cuidado de Kelly.




El cultivo de estas flores forma parte de un proyecto de la NASA llamado "Veggie", que busca producir alimentos para misiones tripuladas de larga duración hacia Marte. Esta autonomía será un complemento importante para la sobrevivencia de los astronautas, explicó la agencia espacial.

Los miembros del equipo de la Estación ya lograron el cultivo exitoso de lechugas, cuyas primeras hojas consumieron en 2015 y esperan producir tomates de aquí al próximo año. 

El sistema de cultivo de ensalada y otros vegetales se inició en la ISS a mediados de 2014.  Las plantas se cultivan con la técnica hidropónica, que es sin tierra y utiliza una solución de agua y nutrientes. Con este sistema las plantas requieren menos agua y nutrientes, a la vez que crecen tres veces más rápido que en tierra, según la NASA.

Fuente: AFP



Uno de los principales obstáculos que dificultan la exploración humana de Marte son los altos niveles de radiación solar, una radiación que en la Tierra es absorbida por la capa de ozono, que hace de capa protectora para la vida, pero que en el planeta rojo es demasiado fina para hacer de escudo.

Ahora, un equipo internacional de científicos —entre ellos investigadores de la Universidad Complutense de Madrid (UCM)— ha hecho un gran avance y ha diseñado un modelo que calcula los flujos de radiación que llegan a la superficie marciana en distintas regiones del espectro solar. 

La investigación forma parte de la misión MetNet (Meteorogical Network), cuyo objetivo es instalar estaciones de observación en Marte para analizar sus parámetros y su atmósfera. 

Dentro de esta misión, el sensor MetSIS será el encargado de medir la radiación solar en la superficie de Marte. 

El modelo permite simular la radiación que incide sobre la superficie de Marte en distintas regiones del espectro solar bajo diferentes escenarios, definidos por la composición de la atmósfera, la latitud y el instante del día y del año. 

"Los resultados obtenidos pueden contribuir en la preparación para la exploración humana de Marte", explica Álvaro Vicente-Retortillo, investigador del departamento de Física de la Tierra, Astronomía y Astrofísica de la UCM y coautor del estudio publicado en Journal of Space Weather and Space Climate

"En este artículo nos hemos centrado en las regiones espectrales cubiertas por los sensores de MetSIS, pero es posible hacer las simulaciones en otras zonas del espectro, como las correspondientes al sensor de radiación ultravioleta de REMS, que está a bordo del rover Curiosity", afirma el científico. 

Contar con simulaciones es útil para las diferentes fases de la misión. 

Por ejemplo, antes del lanzamiento, es importante conocer la radiación que llegará al instrumento en cada banda según distintos escenarios atmosféricos. 

"El uso conjunto del modelo y de las observaciones de MetSIS (una vez que llegue al planeta), puede aumentar notablemente el retorno científico de la misión", insiste Vicente-Retortillo. 

Además, los resultados proporcionados tendrán numerosas aplicaciones en estudios relacionados con la dinámica atmosférica, el clima y la habitabilidad en Marte. 

La investigación, en la que también participan el Instituto de Matemática Interdisciplinar de la UCM y la Universidad de Michigan (EE.UU.), se ha centrado en los sitios de aterrizaje inicialmente seleccionados para la misión MetNet. 

En cuanto a los escenarios atmosféricos, los investigadores han trabajado con distintas concentraciones de partículas de polvo, desde la ausencia total a la cantidad que dio lugar a la máxima opacidad medida por Opportunity en sus primeros cinco años de mediciones. 

Estas partículas de polvo tienen un gran impacto en los procesos de dispersión y absorción de la radiación solar en la atmósfera marciana, lo que influye en que, en Marte, la tonalidad del cielo sea amarillenta y rojiza durante el día y de color azulado con la puesta de Sol, justo al revés que en la Tierra. 


(eldia.com)
Ice House es el proyecto ganador del NASA's 3D Printed Habitat Challenge, en el que se presentaron 164 propuestas. Hubo tres proyectos premiados, los cuales debían poder ser construidos en el lugar con impresoras 3D.

Por Cayetana Mercé - cmerce@clarin.com -

NASA's 3D Printed Habitat Challenge

El domingo 27 de septiembre la NASA definió quienes son los tres finalistas del concurso "NASA's 3D Printed Habitat Challenge" (Desafío Habitat en Impresora 3D) que invitó a imaginar lugares para vivir en Marte.

NASA otorgó a estos tres equipos un total de U$50.000 en la primera etapa de este Concurso de Diseño 3-D en la Maker Faire de Nueva York. El concurso desafió a los participantes a desarrollar conceptos arquitectónicos que aprovechen las posibilidades que la impresión 3-D puede ofrecer para imaginar hábitats en Marte utilizando únicamente esta tecnología y los recursos del lugar para desarrollar los proyectos.
La constelación ya cuenta con diez de los veintiséis dispositivos que estarán en funcionamiento en 2020 para competir con el GPS estadounidense.



La Agencia Espacial Europea (ESA) colocó hoy en órbita una nueva pareja de satélites para el sistema de navegación Galileo, constelación que ya cuenta con diez de los veintiséis dispositivos que estarán en funcionamiento en 2020 para competir con el GPS estadounidense.

El lanzamiento de «Alba» y «Oriana», a bordo de un cohete ruso Soyuz operado por el consorcio europeo Arianespace, tuvo lugar desde el Centro Espacial Europeo de Kurú, en la Guayana francesa, a las 02.08 GMT. Se trata de dos dispositivos fabricados por OHB y Surrey Satellite Technology y reciben su nombre en honor a dos niñas europeas que ganaron un concurso de dibujo para promover el interés en las ciencias aeroespaciales.

La Agencia Espacial Europea cuenta con poner en órbita a finales de año otra nueva pareja de satélites para reforzar un sistema que ya está operativo, aunque lejos de su plena capacidad, y que es compatible con el GPS.

Se trata del primer servicio de navegación de uso civil y no controlado por las fuerzas armadas, como su competidor estadounidense, en el que Europa lleva trabajando dos décadas y que aspira a ser mucho más preciso que el GPS.

Tras numerosos sobrecostes y los retrasos, los primeros satélites del sistema Galileo entraron en órbita en octubre de 2011 y los dos precedentes el pasado mes de marzo.

En agosto de 2014, el lanzamiento de los dos primeros satélites operativos, ya que los anteriores tenían por misión validar las órbitas, se lanzaron en 2014 y supusieron un sonado fracaso para el proyecto.

Un problema con el carburante del Soyuz hizo que «Doresa» y «Milena» terminaran en una órbita errónea, a unos 17.000 kilómetros de la Tierra, en lugar de la que les correspondía, una circular a 23.000 kilómetros.

Los siguientes lanzamientos, sin embargo, no presentaron ningún fallo y permitieron continuar con el despliegue previsto de la constelación, que aportará ventajas en gestión de transporte (aumento de la seguridad, agilización de las operaciones o reducción de la congestión), agricultura, pesca, sanidad o lucha contra la inmigración ilegal.

EFE



Según afirma el periódico The Independent, la oficina de patentes de EE.UU. ha concedido a la empresa Thoth Technology, de Ontario, Canadá, el derecho a la construcción de una “estructura neumática a presión para ser ubicada en la superficie del planeta”. Es decir, un ascensor espacial.

Si se realizara, este ingenio de 20 kilómetros de alto cambiaría la historia de los viajes espaciales y batiría todo tipo de récord: basta con calcular que sería más de 20 veces más alto que el mayor rascacielos del mundo, el Burj Khalifa de Dubái, de 830 metros. Según sus desarrolladores, tendría también un beneficio ambiental añadido, ya que utilizaría 30% menos de combustible que un cohete convencional lanzado desde tierra; también podría aprovecharse para otras funciones, como la generación de energía eólica, además de utilizarse en las comunicaciones y el turismo.

Brendan Quine, uno de los ingenieros a cargo del proyecto explica que “desde lo alto de la torre las naves espaciales podrían ser lanzadas en una sola etapa en órbita y luego regresar a la cima de la torre para repostar y volver al espacio”. La presidenta de Thoth Tecnology, Caroline Roberts, ha afirmado que el ascensor espacial, junto con las tecnologías de cohetes autoaterrizaje, anuncia una nueva era en el transporte espacial.


FUENTE: RT; Inhabitat
Imagen: Inhabitat 
Los robots típicos que se usan para explorar superficies de otros mundos, como por ejemplo la de Marte, son portentos de la tecnología, pero no están preparados para circular por ambientes de muy baja gravedad, característicos de los cuerpos celestes pequeños. Si se les enviase por ejemplo a pequeñas lunas o asteroides, a esos robots les ocurrirían cosas como perder la tracción de sus ruedas, las cuales pasarían a girar descontroladamente. Tengamos en cuenta que la gravedad en Fobos, un minúsculo satélite de Marte, es mil veces más débil que en este. Por otra parte, para la mayor parte de estos robots, una caída que les deje tumbados “panza arriba” implica el final de su misión, pues ya no podrán darse la vuelta ni seguir avanzando.

En la imagen, recreación artística de un robot-erizo desplazándose por la superficie de una luna de Marte. 
(Foto: NASA/JPL-Caltech/Stanford)

Una manera de superar todos estos problemas es recurrir al diseño de robots especiales, creados específicamente para explorar los cuerpos menores del sistema solar, como por ejemplo asteroides, cometas y pequeñas lunas como Fobos. Y aquí entra en escena el robot Hedgehog (erizo), en fase de desarrollo por especialistas de la Universidad de Stanford en California, el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA en Pasadena, California, y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en Cambridge, todas estas entidades en Estados Unidos.

Hedgehog es un robot de una clase diferente que saltaría y daría volteretas sobre la superficie en vez de moverse haciendo girar ruedas. Tiene la forma de un cubo y puede avanzar y realizar su trabajo sin importar el costado sobre el que aterrice.

El concepto básico es un cubo con púas que se mueve gracias a girar y frenar volantes de inercia internos. Las púas protegen al cuerpo del robot contra los rasgos abruptos del terreno y actúan a modo de pies cuando salta y cuando rueda sobre sí mismo dando volteretas.

Las púas también podrían albergar instrumentos tales como sondas térmicas para tomar la temperatura de la superficie a medida que el robot da tumbos.

Dos prototipos del Hedgehog, uno de la Universidad de Stanford y otro del JPL, fueron puestos a prueba por el equipo de Issa Nesnas y Robert Reid a bordo de aviones de la NASA durante periodos de muy baja gravedad (por descenso) en vuelos parabólicos.

Estos robots demostraron varios tipos de maniobras que serían útiles para moverse sobre cuerpos pequeños de gravedad reducida. Los investigadores probaron dichas maniobras sobre diferentes materiales que simulan una amplia variedad de superficies: arenosas, rugosas y rocosas, deslizantes y heladas, y blandas y desmenuzables.

El análisis detallado de la conducta de los robots durante las pruebas ha permitido confirmar la validez de su diseño realizando saltos y volteretas controlados en entornos parecidos a los de un cometa.

En una de sus maniobras más simples y comunes, Hedgehog puede, tras apuntar en la dirección correcta, ya sea saltar hacia grandes distancias usando una o dos púas, o dar tumbos a lo largo de distancias cortas mediante la rotación de caras. Hedgehog normalmente da grandes saltos hacia un objetivo de interés, seguidos por pequeños tumbos a medida que se acerca.

Durante uno de los experimentos en vuelos parabólicos, los investigadores confirmaron que Hedgehog puede también efectuar una maniobra "tornado", en la cual el robot gira de forma agresiva para lanzarse a sí mismo desde la superficie. Esta maniobra podría ser utilizada para escapar de un agujero arenoso u otros sitios en los que de otro modo el robot quedaría atrapado.

El prototipo Hedgehog del JPL tiene ocho púas y tres volantes de inercia. Pesa unos 5 kilogramos (11 libras), pero los investigadores prevén que podría llegar a más de 9 kilos (20 libras) una vez equipado con cámaras y espectrómetros. El prototipo de la Universidad de Stanford es algo más pequeño y ligero, con púas más cortas.

La construcción de un robot del tipo de Hedgehog tiene un coste relativamente bajo comparado con la de un robot tradicional con ruedas, y muchos de ellos podrían ser reunidos para un mismo vuelo. La nave nodriza podría liberar bastantes robots a un tiempo o por etapas, dejándoles distribuirse por el terreno a fin de explorarlo. Esto aumentaría las probabilidades de hacer descubrimientos científicos importantes en la superficie previamente inexplorada de otro mundo.
Andreas Mogensen se ha convertido esta semana en el primer danés que viaja al espacio. Mogensen despegó este miércoles desde Baikonur rumbo a la Estación Espacial Internacional a bordo de la nave rusa Soyuz junto con los astronautas Aidín Aimbétov y Sergei Volkov.



Mogensen preparaba este viaje desde hace seis años. Durante ese tiempo ha buceado en los océanos, se ha enfrentado a las duras condiciones del Ártico y también ha explorado cuevas subterráneas.

“Obviamente todos los astronautas quieren viajar al espacio. Ese es su objetivo. Pero hay oportunidades fantásticas en el camino. Yo he tenido la suerte de poder aprovecharlas. Oportunidades que también son únicas y en las que me hubiese gustado participar aunque no fuese astronauta”, asegura Mogensen.

Tras un entrenamiento básico en el Centro Europeo de Astronautas en Colonia, Alemania, Mogensen se puso a trabajar en el seno de un equipo internacional.

Durante su misión en la Estación Espacial Internacional, Mogensen deberá llevar a cabo varios experimentos en los campos de la fisiología y la telerrobótica.

“Solo voy a pasar allí unos días. Pero será el tiempo suficiente para estudiar los efectos negativos que se producirán en mi cuerpo. Espero que después podamos analizar y utilizar esos datos para compararlos con los de otros astronautas que permanecen en la Estación seis meses o incluso un año”, explica el astronauta danés.

Mogensen volverá a la Tierra a bordo de la nave Soyuz el 11 de septiembre. Hasta entonces llevará a cabo un total de 20 experimentos.